Había una vez, en un reino muy muy lejano vivía un joven noble, heredero de una gran fortuna, que deseaba, en lo más hondo de su ser, liberar a su pueblo de una bestia que lo asolaba desde tiempo atrás. Vaya, ¿queréis saber el nombre del joven? Debe permanecer secreto, pero le llamaremos Karolo, de esta manera la narradora puede seguir con la historia de este intrépido mozo. Prosigamos, Karolo llevaba años luchando contra un cruel ser que asolaba los cultivos, torturaba a los habitantes más fuertes y mataba, sin compasión, a los niños y los ancianos. Nadie osaba pronunciar su nombre real, pero le conocían como Viruso y el solo susurro de su nombre bastaba para borrar toda sombra de alegría de la faz de campesinos y burgueses.
Un frío día de invierno llegaría la batalla definitiva. El joven Karolo, tras años de intensa preparación, se encaminó con su corcel Fajro hacia la montaña Riveroj, donde habitaba Viruso. Cabalgó entre la nieve durante días, con la sóla compañía de Fajro, hablando sólo con el viento, durmiendo al raso y preparando mentalmente el ataque. Tras largos días y más largas noches vislumbró Karolo en el horizonte la silueta de Riveroj. Digo que la vislumbró, pero más bien la intuyó, pues la intensa ventisca no le permitía ver mucho más allá de un par de metros delante suya.
Se acercó hasta las faldas de la montaña y allí descabalgó. Con lágrimas en los ojos despidió a Fajro. Pensando que jamás volvería a verlo se abrazó a su cuello con fuerza, mil imágenes de los años que llevaban juntos cruzaron fugazmente su mente, como un simple susurro que le dio fuerzas para avanzar. Sabía a donde se encaminaba, no así esas tierras pertenecían a su familia. Toda su infancia había transcurrido entre esos árboles. Encontró el camino sin mucha dificultad y se emprendió el ascenso. Cuanto más ascendía le llegaba más claramente el sonido de la respiración tranquila de la bestia.
-Quizás esté dormido-. Masculló Karolo entre dientes.
El frío le calaba los huesos y la armadura se hacía cada vez más pesada, pero cuando vio, por fin, la fortaleza en la que Viruso dormía todo atisbo de miedo abandonó su cuerpo. La adrenalina le hizo correr hacia la puerta del antiguo castillo, transpiraba abundantemente y su respiración y su corazón se aceleraron cuando traspasó la puerta entornada de madera corroída por el tiempo. Corrió en una oscuridad casi absoluta, sólo rota por la tímida luz que penetraba en las viejas aberturas de las ventanas. Se guiaba por el olor de la bestia, el retumbar de su corazón casi le hacía imposible seguir escuchando la respiración, todavía plácida y regular, del bicho.
Y de repente lo vio. Allí. Tumbado en el frío suelo. Con los ojos cerrados. Su pecho subía y bajaba rítmicamente. Dormía. Karolo no se lo pensó, desenvainó la espada y la descargó con toda la fuerza que fue capaz sobre el cuello de Viruso. Una fracción de segundo antes de que el terrible golpe cayera sobre él el monstruo abrió los ojos. Se había despertado, pero cuando la cabeza se desprendió su mirada aún reflejaba la incredulidad del momneto. Karolo lo había hecho, lo había conseguido, y ahora no sabía como sentirse.
Para C.

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